Nathalie Angier es una columnista del diario New York Times, especializada en ciencia. En su libro “El canon” explora, entre otros, el tema del azar, y relata una anécdota que explica el modo en que los seres humanos nos figuramos el azar.
Lo que se deduce de esta anécdota es que no comprendemos absolutamente cómo funciona el azar, lo aleatorio, en el corto plazo, sino que tendemos a “emparejar” resultados.
La historia relatada por Angier ocurre cada año en una escuela de Estados Unidos, en la que la profesora Deborah Nolan comienza el año escolar pidiendo a sus alumnos que hagan un experimento: la mitad de la clase hará una serie de lanzamientos de una moneda y anotará los resultados. La otra mitad imaginará esa misma cantidad de lanzamientos, y tomará nota del supuesto resultado. Los alumnos deben dejar las hojas con los resultados sobre su escritorio, totalmente mezcladas entre sí.
Nolan se retira de la clase mientras se realiza el experimento. Al regresar, la profesora separa en dos grupos los resultados: los lanzamientos reales por un lado, los imaginarios por el otro. Y nunca falla. La verdad es, explica Canon, que lo que Nolan hace es reconocer el patrón del verdadero azar, que resulta ser menos “azaroso” que el imaginario.
En los lanzamientos reales, suele haber series de varias caras seguidas, por ejemplo, mientras que en los imaginarios, las personas tienden a emparejar la cantidad de caras y cruces, según lo que suponen que es el azar.
Esto da cuenta de que pocas personas comprenden en verdad lo que es la aleatoriedad y cómo funciona. Y por qué es tan difícil encontrar un sistema que realmente funcione para vencer en los juegos de azar: nuestra mente no parece estar a la altura de las circunstancias.